viernes, 19 de septiembre de 2014

06. DANIEL 8:14 Y LA PROVIDENCIA DE DIOS. (EL SANTUARIO).


La obra de Dios en la tierra presenta, siglo tras siglo, sorprendente analogía en cada gran reforma o movimiento religioso. Los principios que rigen el trato de Dios con los hombres son siempre los mismos. 

 Los movimientos importantes de hogaño concuerdan con los de antaño, y la experiencia de la iglesia en tiempos que fueron encierran lecciones de gran valor para los nuestros. Ninguna verdad se enseña en la Biblia con mayor claridad que aquella de que, por medio de su Espíritu Santo, Dios dirige especialmente a sus siervos en la tierra en los grandes movimientos en pro del adelanto de la obra de salvación. Los hombres son en mano de Dios instrumentos de los que él se vale para realizar sus propósitos de gracia y misericordia. Cada cual tiene su papel que desempeñar; a cada cual se le ha concedido cierta medida de luz adecuada a las necesidades de su tiempo, y suficiente para permitirle cumplir la obra que Dios le asignó. 

 Sin embargo, ningún hombre, por mucho que lo haya honrado el Cielo, alcanzó jamás a comprender completamente el gran plan de la redención, ni siquiera a apreciar debidamente el propósito divino en la obra para su propia época. Los hombres no entienden por completo lo que Dios quisiera cumplir por medio de la obra que les encomienda; no entienden, en todo su alcance, el mensaje que proclaman en su nombre... 

Ni siquiera los profetas que fueron favorecidos por la iluminación especial del Espíritu comprendieron del todo el alcance de las revelaciones que les fueron concedidas. Su significado debía ser aclarado, de siglo en siglo, a medida que el pueblo de Dios necesitase la instrucción contenida en ellas . . . No obstante, a pesar de no haber sido dado a los profetas que comprendieran enteramente las cosas que les fueron reveladas, procuraron con fervor toda la luz que Dios había tenido a bien manifestar. "Inquirieron y diligentemente indagaron. . . escudriñaron qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos". 

 ¡Qué lección para el pueblo de Dios en la era cristiana, para cuyo beneficio estas profecías fueron dadas a sus siervos! 

 "A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas". Considerad a esos santos hombres de Dios que "inquirieron y diligentemente indagaron" tocante a las revelaciones que les fueron dadas para generaciones que aún no habían nacido. Comparad su santo celo con la indiferencia con que los favorecidos en edades posteriores trataron este don del Cielo.

 ¡Qué censura contra la apatía, amiga de la comodidad y de la mundanalidad, que se contenta con declarar que no se pueden entender las profecías!

 La Experiencia De Los Apóstoles Constituye Una Lección Objetiva 
Si bien es cierto que la inteligencia de los hombres no es capaz de penetrar en los consejos del Eterno, ni de comprender enteramente el modo como se cumplen sus designios, el hecho de que le resulten tan vagos los mensajes del Cielo se debe con frecuencia a algún error o descuido de su parte. 

 A menudo la mente del pueblo -y hasta de los siervos de Dios- es ofuscada por las opiniones humanas las tradiciones y las falsas enseñanzas de los hombres, de suerte que éste no alcanza a comprender más que parcialmente las grandes cosas que Dios reveló en su Palabra. 

 Así les pasó a los discípulos de Cristo cuando el mismo Señor estaba con ellos en persona. Su espíritu estaba dominado por la creencia popular de que el Mesías sería un príncipe terrenal, que exaltaría a Israel a la altura de un imperio universal, y no pudieron comprender el significado de sus palabras cuando les anunció sus padecimientos y su muerte. 

El mismo Cristo los envió con el mensaje: "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios: arrepentíos, y creed el Evangelio" (Mar. 1: 15, VM). El mensaje se fundaba en la profecía del capítulo noveno de Daniel. El ángel había declarado que las sesenta y nueve semanas alcanzarían "hasta el Mesías Príncipe", y con grandes esperanzas y gozo anticipado los discípulos anhelaban que se estableciera en Jerusalén el reino del Mesías que debía extenderse por toda la tierra. Predicaron el mensaje que Cristo les había confiado aun cuando ellos mismos entendían mal su significado. Aunque su mensaje se basaba en Daniel 9: 25, no notaron que, según el versículo siguiente del mismo capítulo, el Mesías iba a ser muerto. Desde su más tierna edad la esperanza de su corazón se había cifrado en la gloria de un futuro imperio terrenal, y eso les cegaba la inteligencia con respecto tanto a los datos de la profecía como a las palabras de Cristo. 

Cumplieron su deber presentando a la nación judaica el llamamiento misericordioso, y luego en el momento mismo cuando esperaban ver a su Señor ascender al trono de David, lo vieron aprehendido como malhechor, azotado, escarnecido, condenado y levantado en la cruz del Calvario. 

 ¡Qué desesperación y qué angustia desgarraron los corazones de esos discípulos 
mientras su Señor dormía en la tumba! 

Cristo había venido en el tiempo exacto y en la manera como lo anunciaba la profecía. El testimonio de las Escrituras se había cumplido en cada detalle de su ministerio. Había predicado el mensaje de salvación, y "su palabra tenía autoridad". Los corazones de sus oyentes habían atestiguado que el mensaje venía del Cielo. La Palabra y el Espíritu de Dios confirmaban el carácter divino de la misión de su Hijo . . . Lo que los discípulos habían anunciado en nombre de su Señor, era exacto en todo sentido, y los acontecimientos predichos estaban realizándose en ese mismo momento. "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios", había sido el mensaje de ellos. 

 Transcurrido "el tiempo": Las sesenta y nueve semanas del capítulo noveno de Daniel debían extenderse hasta el Mesías, "el Ungido" -Cristo había recibido la unción del Espíritu después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán-, y el "reino de Dios", que habían declarado estar próximo, se estableció mediante la muerte de Cristo. Este reino no era un imperio terrenal, como se les había enseñado a creer. No era tampoco el reino venidero e inmortal que se establecerá cuando "el reino, y el dominio, y el señorío de los reinos por debajo de todos los cielos, será dado al pueblo de los santos del Altísimo"; ese reino eterno en que "todos los dominios le servirán y le obedecerán a él" (Dan. 7: 27, VM). 

 La expresión "reino de Dios", tal cual la emplea la Biblia, 
significa tanto el reino de la gracia como el de la gloria. 

 San Pablo presenta el reino de la gracia en la epístola a los Hebreos. Después de haber hablado de Cristo como del intercesor que puede "compadecerse de nuestras flaquezas", el apóstol dice: "Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia" (Heb. 4: 16). 

 El trono de la gracia representa el reino de la gracia; 
pues la existencia de un trono presupone la existencia de un reino. 

 En muchas de sus parábolas Cristo emplea la expresión "el reino de los cielos", 
para designar la obra de la gracia divina en los corazones de los hombres. 

Asimismo el trono de la gloria representa el reino de la gloria, y a ese reino se refería el Salvador en las palabras: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria; y serán reunidos delante de él todas las gentes" (Mat. 25: 31, 32). Este reino está aún por venir. Se establecerá en ocasión del segundo advenimiento de Cristo. 

El reino de la gracia fue instituido inmediatamente después de la caída del hombre, cuando se ideó un plan para la redención de la raza culpable. Este reino existía entonces en el designio de Dios y por su promesa, y mediante la fe los hombres podían llegar a ser sus súbditos. Sin embargo, no fue establecido en realidad hasta la muerte de Cristo.

 Aun después de haber iniciado su misión terrenal, el Salvador, cansado de la obstinación y la ingratitud de los hombres, habría podido retroceder ante el sacrificio del Calvario. En el Getsemaní la copa del dolor le tembló en la mano. Aun entonces hubiera podido enjugar el sudor de sangre de su frente y dejar que la raza culpable pereciera en su iniquidad. Si así lo hubiera hecho, no habría habido redención para la humanidad caída. 

 Pero cuando el Salvador rindió la vida y exclamó con su último aliento: "Consumado es", entonces el cumplimiento del plan de redención quedó asegurado. La promesa de salvación hecha a la pareja culpable en el Edén quedó ratificada. El reino de la gracia, que hasta entonces existía por la promesa de Dios, quedó establecido. 

Así, la muerte de Cristo -el mismo acontecimiento que los discípulos habían considerado como la ruina final de sus esperanzas fue lo que las aseguró para siempre. Si bien es verdad que esa muerte fue para ellos un cruel desengaño, no dejaba de ser la prueba suprema de que su creencia había sido bien fundada. El acontecimiento que los había llenado de tristeza y desesperación fue lo que abrió para todos los hijos de Adán la puerta de la esperanza, en la cual se concentraban la vida futura y la felicidad eterna de todos los fieles siervos de Dios de todas las edades . . . 

Después de su resurrección, Jesús apareció a sus discípulos en el camino a Emaús, y "comenzando desde Moisés y todos los profetas, les iba interpretando en todas las Escrituras las cosas referentes a él mismo" (Luc. 24: 27, VM). Los corazones de los discípulos se conmovieron. Su fe se reavivó. Fueron reengendrados "en esperanza viva", aun antes que Jesús se revelara a ellos. El propósito de éste era iluminar sus inteligencias y fundar su fe en la "palabra profética" "más firme". 

 Deseaba que la verdad se arraigara firmemente en su espíritu, no sólo porque era sostenida por su testimonio personal, sino a causa de las pruebas evidentes suministradas por los símbolos y sombras de la ley ceremonial, y por las profecías del Antiguo Testamento.

 Era necesario que los discípulos de Cristo tuvieran una fe inteligente, no sólo en beneficio propio, sino para comunicar al mundo el conocimiento de Cristo. 

 Y como primer paso en la comunicación de ese conocimiento, Jesús dirigió a sus discípulos a "Moisés y a todos los profetas". Tal fue el testimonio dado por el Salvador resucitado en cuanto al valor e importancia de las Escrituras del Antiguo Testamento. 

¡Qué cambio fue el que se efectuó en los corazones de los discípulos cuando contemplaron una vez más el amado semblante de su Maestro! (Luc. 24: 32.) En un sentido más completo y perfecto que nunca antes, habían hallado "a Aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas". La incertidumbre, la angustia, la desesperación dejaron lugar a una seguridad perfecta, a una fe serena. ¿Qué puede sorprendernos, entonces, que después de su ascensión ellos estuvieran "siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios"? El pueblo, que no tenía conocimiento sino de la muerte ignominiosa del Salvador, observaba para descubrir en sus semblantes una expresión de dolor, confusión y derrota; pero sólo veía en ellos alegría y triunfo. ¡Qué preparación habían recibido para la obra que les esperaba!... 

La Lección de 1844 
Lo que experimentaron los discípulos que predicaron el "Evangelio del reino" cuando vino Cristo por primera vez, tuvo su contraparte en lo que experimentaron los que proclamaron el mensaje de su segundo advenimiento. Así como los discípulos fueron predicando: "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios", así también Miller y sus asociados proclamaron que estaba a punto de terminar el período profético más largo y el último de que habla la Biblia, que el juicio era inminente y que el reino eterno iba a ser establecido. 

 La predicación de los discípulos en cuanto al tiempo se basaba en las setenta semanas del capítulo noveno de Daniel.

 El mensaje proclamado por Miller y sus colaboradores anunciaba la conclusión de los 2.300 días de Daniel 8:14, de los cuales las setenta semanas forman parte. En cada caso la predicación se fundaba en el cumplimiento de una parte diferente del mismo gran período profético. 

Como los primeros discípulos, Guillermo Miller y sus colaboradores no comprendieron ellos mismos enteramente el alcance del mensaje que proclamaban. Los errores que existían desde hacía largo tiempo en la iglesia les impidieron interpretar correctamente un punto importante de la profecía. Por eso, si bien proclamaron el mensaje que Dios les había confiado para que lo dieran al mundo, sufrieron un desengaño debido a un falso concepto de su significado. Al explicar Daniel 8: 14: "Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario", Miller, como ya lo hemos dicho, aceptó la creencia general de que la tierra era el santuario, y creyó que la purificación de éste representaba la purificación de la tierra por el fuego en ocasión de la venida del Señor. Por consiguiente, cuando echó de ver que el fin de los 2.300 días estaba predicho con precisión, sacó la conclusión de que esto revelaba el tiempo del segundo advenimiento. 

 SU ERROR provenía de que había ACEPTADO la creencia popular relativa a lo que constituye el santuario. 

En el sistema simbólico -que era sombra del sacrificio y del sacerdocio de Cristo- la purificación del santuario era el último servicio efectuado por el sumo sacerdote en el ciclo anual de su ministerio. Era el acto final de la obra de expiación, una remoción o eliminación del pecado de Israel. Prefiguraba la obra final del ministerio de nuestro Sumo Sacerdote en el cielo, en el acto de borrar los pecados de su pueblo, consignados en los libros celestiales. Este servicio presupone una obra de investigación, una obra de juicios y precede inmediatamente a la venida de Cristo en las nubes del cielo con gran poder y gloria, pues cuando él venga, la causa de cada uno habrá sido fallada. Jesús dice: "Mi galardón está conmigo, para dar la recompensa a cada uno según sea su obra" 
(Apoc. 22:12, VM). 

 Esta obra de juicio, que precede inmediatamente al segundo advenimiento, es la que se anuncia en el primer mensaje angelical de Apocalipsis 14:7: "¡Temed a Dios y dadle honra; porque ha llegado la hora de su juicio!" (VM). Los que proclamaron esta amonestación dieron el debido mensaje a su debido tiempo. Pero así como los primeros discípulos declararon: "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios", fundándose en la profecía de Daniel 9, sin darse cuenta de que la muerte del Mesías estaba anunciada en el mismo pasaje bíblico, así también Miller y sus colaboradores predicaron el mensaje fundado en Daniel 8:14 y Apocalipsis 14:7 sin echar de ver que el capítulo 14 de Apocalipsis implicaba otros mensajes que también debía ser proclamados antes del advenimiento del Señor. 

 Como los discípulos se equivocaron en cuanto al reino que debía establecerse al fin de las setenta semanas, así también los adventistas se equivocaron en cuanto al acontecimiento que debía producirse al fin de los 2.300 días. 

 En ambos casos la circunstancia de haber aceptado errores populares, o mejor dicho de haberse adherido a ellos, fue lo que impidió que vieran la verdad. Ambos grupos cumplieron la voluntad de Dios al proclamar el mensaje que él deseaba fuera anunciado, y ambos, debido a su comprensión equivocada del mensaje, sufrieron desengaños. Sin embargo, Dios cumplió su propósito misericordioso al permitir que el juicio fuese proclamado precisamente como lo fue. 

 El gran día estaba cercano, y en la providencia de Dios sus hijos fueron probados con respecto a un tiempo definido, a fin de que se manifestara lo que había en sus corazones. 

 El mensaje tenía por objeto probar y purificar la iglesia. Los hombres debían ser inducidos a ver si sus afectos dependían de las cosas de este mundo o de Cristo y el Cielo. Profesaban amar al Salvador; debían, pues, probar su amor.

 ¿Estarían dispuestos a renunciar a sus esperanzas y ambiciones mundanas, 
para saludar con gozo el advenimiento de su Señor? 

 El mensaje tenía por objeto hacerles ver su verdadero estado espiritual; fue enviado misericordiosamente para despertarlos a fin de que buscaran al Señor con arrepentimiento y humillación. Además, si bien el desengaño fue el resultado de una comprensión equivocada del mensaje que anunciaban, Dios iba a encaminar todo para bien. Los corazones de los que habían profesado recibir la amonestación iban a ser probados. 

 En presencia de su desengaño, ¿se apresurarían a renunciar a su experiencia y a abandonar su confianza en la Palabra de Dios, o con oración y humildad procurarían descubrir en qué puntos no habían comprendido el significado de la profecía? ¿Cuántos habían obrado por temor o por impulso y arrebato? ¿Cuántos eran de corazón indeciso e incrédulo? 

 Muchos profesaban anhelar el advenimiento del Señor. Al tener que sufrir las burlas, el oprobio del mundo y la prueba de la demora y del desengaño, ¿renunciarían a su fe? 

 Porque no pudieron comprender de inmediato los caminos de Dios para ellos, ¿rechazarían verdades confirmadas por el testimonio más claro de su Palabra? Esta prueba revelaría la fortaleza de los que con verdadera fe habían obedecido lo que creían ser la enseñanza de la Palabra y el Espíritu de Dios.

 Ella les enseñaría, como sólo esa experiencia lo podía hacer, el peligro que hay en aceptar las teorías e interpretaciones de los hombres en lugar de dejar que la Biblia se interprete a sí misma. La perplejidad y el dolor que iban a resultar de su error producirían en los hijos de la fe el escarmiento necesario. Los inducirían a profundizar aún más el estudio de la palabra profética. Aprenderían a examinar más detenidamente el fundamento de su fe, y a rechazar todo lo que no estuviera fundado en la verdad de las Sagradas Escrituras, por muy amplia que fuese su aceptación en el mundo cristiano. 

A estos creyentes les pasó lo que a los primeros discípulos: Lo que en la hora de la prueba parecía oscuro a su inteligencia, les fue aclarado después. Cuando vieron "el fin del Señor", supieron que a pesar de la prueba que resultó de sus errores, los propósitos del amor divino hacia ellos no habían dejado de seguir cumpliéndose. Merced a tan bendita experiencia llegaron a saber que "el Señor es muy misericordioso y compasivo"; que todos sus caminos "son misericordia y verdad, para los que guarden su pacto y sus testimonios" 
(El Gran Conflicto, págs. 391-403).

 PREGUNTAS PARA MEDITAR 
1. ¿Qué verdad se enseña con mucha claridad en la Biblia? 
2. Los siervos de Dios, incluyendo a los profetas, ¿hasta qué punto comprendieron sus mensajes y su obra?
3. ¿Por qué los hombres tan a menudo son tan lentos para comprender los mensajes del cielo?
4. Aunque el mensaje proclamado por los discípulos de Jesús era correcto, ¿qué los condujo a los conceptos erróneos que finalmente provocaron su chasco?
5. ¿Qué dos aplicaciones tiene el término bíblico "reino de Dios"? ¿Cuándo se establecerían esos reinos?
6. ¿Qué método usó Jesús para lograr que sus discípulos tuvieran una correcta comprensión de su misión y de su obra?
7. Mencione algunos paralelismos que pueden extraerse de la experiencia de los discípulos y de los creyentes adventistas de 1844.
8. ¿Qué dos lecciones vitales aprendieron los desilusionados adventistas de 1844? 
(Cristo En Su Santuario Por Elena G. De White)

jueves, 18 de septiembre de 2014

05. EL MENSAJE DEL JUICIO CONMUEVE A LOS ESTADOS UNIDOS. (EL SANTUARIO).


Un agricultor íntegro y de corazón recto, que había llegado a dudar de la autoridad divina de las Santas Escrituras, pero que deseaba sinceramente conocer la verdad, fue el hombre especialmente escogido por Dios para dar principio a la proclamación de la segunda venida de Cristo. Como otros reformadores, Guillermo Miller había luchado con la pobreza en su juventud, y así había aprendido valiosas lecciones de dinamismo y abnegación. Los miembros de la familia de la que descendía se habían distinguido por un espíritu independiente y amante de la libertad, por su capacidad de resistencia y ardiente patriotismo; y estos rasgos sobresalían también en el carácter de Guillermo. Su padre fue capitán en la guerra de la independencia norteamericana, y a los sacrificios que hizo durante las luchas de aquella época tempestuosa pueden achacarse las circunstancias apremiantes que rodearon la juventud de Miller. 

Poseía una robusta constitución, y ya desde su niñez dio pruebas de una inteligencia poco común, que se fue acentuando con la edad. Su espíritu era activo y bien desarrollado, y ardiente su sed de saber. Aunque no gozó de las ventajas de una instrucción académica, su amor al estudio y al hábito de reflexionar cuidadosamente, junto con su agudo criterio, hicieron de él un hombre de sano juicio y de gran comprensión. Su carácter moral era irreprochable, y gozaba de envidiable reputación, siendo generalmente estimado por su integridad, su frugalidad y su benevolencia. A fuerza de energía y aplicación no tardó en obtener un buen pasar, si bien conservó siempre sus hábitos de estudio.

 Desempeñó con éxito varios cargos civiles y militares, y el camino hacia la riqueza y los honores parecía estarle ampliamente abierto. Su madre era una mujer verdaderamente piadosa, de modo que durante su infancia estuvo sujeto a influencias religiosas. Sin embargo, siendo aún niño, tuvo trato con deístas, cuya influencia la reforzó el hecho de que la mayoría de ellos eran buenos ciudadanos y hombres de disposición humanitaria y benévola. Viviendo como vivían, en medio de instituciones cristianas, sus caracteres habían sido modelados hasta cierto punto por el ambiente. 

 Debían a la Biblia las cualidades que les granjeaban respeto y confianza; y no obstante, tan hermosas dotes se habían malogrado hasta ejercer influencia en contra de la Palabra de Dios. Al tratarse con esos hombres Miller llegó a adoptar sus opiniones. Las interpretaciones corrientes de las Sagradas Escrituras presentaban dificultades que le parecían insuperables; pero como, al paso que sus nuevas creencias que le hacían rechazar la Biblia no le ofrecían nada mejor, distaba mucho de estar satisfecho. Sin embargo, conservó esas ideas cerca de doce años. Pero a la edad de 34, el Espíritu Santo obró en su corazón y le hizo sentir su condición pecadora. No hallaba en sus creencias anteriores seguridad alguna de dicha para más allá de la tumba. 

 El porvenir se le presentaba sombrío y tétrico. . . En ese estado permaneció varios meses. "De pronto -dice-, el carácter de un Salvador se grabó hondamente en mi espíritu. Me pareció que bien podría existir un ser tan bueno y compasivo que expiara nuestras transgresiones, y nos librara así de sufrir la pena del pecado. Sentí inmediatamente cuán amable era este Alguien, y me imaginé que podría echarme en sus brazos y confiar en su misericordia. Pero surgió la pregunta: ¿Cómo se puede probar la existencia de tal ser? Encontré que, fuera de la Biblia, no podía obtener prueba alguna de la existencia de semejante Salvador, o siquiera de una existencia futura. . . "Discerní que la Biblia presentaba precisamente un Salvador como el que yo necesitaba; pero no veía cómo un libro no inspirado pudiera desarrollar principios tan perfectamente adaptados a las necesidades de un mundo caído. 

 Me vi obligado a admitir que las Sagradas Escrituras debían ser una revelación de Dios. Llegaron a ser mi deleite; y encontré en Jesús un amigo. El Salvador vino a ser para mí el más señalado entre diez mil; y las Escrituras, que antes eran oscuras y contradictorias, se volvieron entonces antorcha a mis pies y luz a mi senda. Mi espíritu se llenó de calma y satisfacción. Encontré que el Señor Dios era la Roca en medio del océano de la vida. La Biblia llegó a ser entonces mi principal objeto de estudio, y puedo decir en verdad que la escudriñaba con gran deleite. Encontré que no se me había dicho nunca ni la mitad de lo que contenía. Me admiraba de que no hubiese visto antes su belleza y magnificencia, y de que hubiese podido rechazarla. En ella encontré revelado todo lo que mi corazón podía desear y un remedio para toda enfermedad del alma. Perdí enteramente el gusto por otra lectura, y me apliqué de corazón a adquirir la sabiduría de Dios" 
(S. Bliss, Memoirs of William Miller, págs. 65-67). 

Miller hizo entonces pública profesión de fe en la religión que había despreciado antes. Pero sus compañeros incrédulos no tardaron en recurrir a todos los argumentos de que él mismo había echado mano a menudo contra la autoridad divina de las Santas Escrituras. El no estaba todavía preparado para contestarles; pero se dijo a sí mismo que si la Biblia es una revelación de Dios, debía ser consecuente consigo misma; y que habiendo sido dada para instrucción del hombre, debía estar adaptada a su inteligencia. Resolvió estudiar las Sagradas Escrituras por su cuenta, y averiguar si las aparentes contradicciones no podían armonizar. Procurando poner a un lado toda opinión preconcebida y prescindiendo de todo comentario, comparó pasaje con pasaje con la ayuda de las referencias marginales y de la Concordancia. Prosiguió su estudio de un modo regular y metódico; empezando con el Génesis, versículo por versículo; no pasaba adelante sino cuando el que estaba estudiando estaba aclarado, y se sentía libre de toda perplejidad. 

Cuando encontraba algún pasaje oscuro, solía compararlo con todos los demás textos que parecían tener alguna relación con el asunto en cuestión. Le daba a cada palabra el sentido que le correspondía en el tema que trataba el texto, y si la idea que de él se formaba armonizaba con cada pasaje colateral, la dificultad desaparecía. Así, cada vez que daba con un pasaje difícil de comprender, encontraba la explicación en alguna otra parte de las Santas Escrituras. A medida que estudiaba y oraba fervorosamente para que Dios lo iluminara, lo que antes le había parecido oscuro se aclaraba. Experimentaba la verdad de las palabras del salmista: "El principio de tus palabras alumbra, hace entender a los simples" 
(Sal. 119:130). 

El Estudio de Las Profecías 
Con profundo interés estudió los libros de Daniel y Apocalipsis, siguiendo los mismos principios de interpretación que en los demás libros de la Biblia, y con gran gozo comprobó que era posible comprender los símbolos proféticos. Vio que en la medida en que se habían cumplido, las profecías lo habían hecho literalmente; que todas las diferentes figuras, metáforas, parábolas, semejanzas, etc., o estaban explicadas en su contexto inmediato, o los términos en que estaban expresadas se definían en otros pasajes; y que cuando eran así explicadas debían ser entendidas literalmente. "Así me convencí -dice- de que la Biblia es un sistema de verdades reveladas con tanta claridad y sencillez, que el que ande en el camino trazado por ellas, por insensato que sea, no tiene por qué extraviarse" (Id., pág. 70). 

 A medida que paso a paso seguía los grandes lineamientos proféticos, sus esfuerzos fueron recompensados por el hallazgo de una cadena de verdades descubiertas eslabón tras eslabón. Ángeles del cielo dirigían sus pensamientos y descubrían las Escrituras a su inteligencia. 

Tomando como criterio de estudio el modo en que las profecías se habían cumplido en lo pasado, para considerar cómo se cumplirían las que aún faltaban, se convenció de que el concepto popular del reino espiritual de Cristo - un milenio temporal antes del fin del mundo, no estaba fundado en la Palabra de Dios. 

 Esta doctrina que enseñaba que habría mil años de justicia y de paz antes de la venida personal del Señor, postergaba para un futuro muy lejano los juicios del día de Dios. Pero, por agradable que ella sea, es contraria a las enseñanzas de Cristo y sus apóstoles, quienes declaran que el trigo y la cizaña crecerán juntos hasta la siega en ocasión del fin del mundo; que "los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor"; que "en los postreros días vendrán tiempos peligrosos"; "y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca y destruirá con el resplandor de su venida" 
(Mat. 13:30, 38-41; 2 Tim. 3:13,1; 2 Tes. 2:8). 

La iglesia apostólica no sustentaba la doctrina de la conversión del mundo y del reino espiritual de Cristo. No fue generalmente aceptada por los cristianos hasta casi a principios del siglo XVIII. Como todos los demás errores, éste también produjo malos resultados. 

 Enseñó a los hombres a dejar para un remoto porvenir la venida del Señor, y les impidió que dieran importancia a las señales de su cercana llegada. Infundió un sentimiento de confianza y seguridad mal fundado, y llevó a muchos a descuidar la preparación necesaria para ir al encuentro de su Señor.

 Miller encontró que la venida verdadera y personal de Cristo está claramente enseñada en las Sagradas Escrituras. San Pablo dice: "El Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo". Y el Salvador declara que "verán al Hijo del Hombre, viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y grande gloria". "Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre". Será acompañado por todas las huestes del cielo, pues "el Hijo del Hombre" vendrá "en su gloria, y todos los santos ángeles con él". "Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos"
 (1 Tes. 4:16; Mat. 24:30, 27; 25:31; 24:31). 

Cuando venga los justos muertos resucitarán, y los justos que estuvieron aún vivos serán transformados. "No todos dormiremos -dice Pablo-, mas todos seremos mudados, en un momento, en un abrir de ojos, al sonar la última trompeta: porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos mudados. Porque es necesario que este cuerpo corruptible se revista de incorrupción, y que este cuerpo mortal se revista de inmortalidad" (1 Cor. 15:51-53, VM). Y en 1 Tesalonicenses 4:16, 17 (VM), después de describir la venida del Señor, dice: "Los muertos en Cristo se levantarán primero; luego, nosotros los vivientes, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos a las nubes, al encuentro del Señor, en el aire; y así estaremos siempre con el Señor". 

El pueblo de Dios no puede recibir el reino antes que se produzca el advenimiento personal de Cristo. El Señor había dicho: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria; y delante de él serán juntadas todas las naciones; y apartará a los hombres unos de otros, como el pastor aparta las ovejas de las cabras; y pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a la izquierda. Entonces dirá el Rey a los que estarán a su derecha: ¡Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino destinado para vosotros desde la fundación del mundo!" (Mat. 25:31-34, VM). 

 Hemos visto por los pasajes que acabamos de citar que cuando venga el Hijo del hombre los muertos resucitarán incorruptibles, y los vivos serán transformados. Este gran cambio los preparará para recibir el reino, pues San Pablo dice: "La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción" (1 Cor. 15:50, VM). En su estado presente el hombre es mortal, corruptible; pero el reino de Dios será incorruptible y sempiterno. Por lo tanto, en su estado presente el hombre no puede entrar en el reino de Dios. Pero cuando venga Jesús, concederá la inmortalidad a su pueblo; y luego llamará a sus hijos a poseer el reino, del que hasta aquí sólo han sido presuntos herederos. Estos y otros pasajes bíblicos probaron claramente a Miller que los acontecimientos que generalmente se esperaba que se verificaran antes de la venida de Cristo, tales como un reino universal de paz y el establecimiento del reino de Dios en la tierra, debían realizarse después del segundo advenimiento. 

 Además, todas las señales de los tiempos y el estado del mundo correspondían a la descripción profética de los últimos días. Por el solo estudio de las Sagradas Escrituras, Miller tuvo que llegar a la conclusión de que el período fijado para la subsistencia de la tierra en su estado actual estaba por terminar. 

El Impacto de La Cronología Bíblica 
"Otra evidencia que afectó vitalmente mi espíritu -dice él- fue la cronología de las Santas Escrituras. . . Encontré que los acontecimientos predichos, que se habían cumplido en el pasado, se habían desarrollado muchas veces dentro de los límites de un tiempo determinado. Los ciento veinte años hasta el diluvio (Gén. 6:3); los siete días que debían precederlo, con el anuncio de cuarenta días de lluvia (Gén. 7:4); los cuatrocientos años de la permanencia de la posteridad de Abrahán en Egipto (Gén. 15:13); los tres días de los sueños del copero y del panadero (Gén. 40:12-20); los siete años de Faraón (Gén. 41:28-54); los cuarenta años en el desierto (Núm. 14:34); los tres años y medio de hambre (1 Rey. 17:1) [véase Luc. 4:25] . . . los setenta años del cautiverio en Babilonia (Jer. 25: 11); los siete tiempos de Nabucodonosor (Dan. 4:13-16); y las siete semanas, más sesenta y dos semanas, más una semana, que sumaban setenta semanas determinadas sobre los judíos (Dan. 9:24-27); todos los acontecimientos limitados por esos períodos no fueron una vez más que asuntos proféticos, pero se cumplieron de acuerdo con las predicciones" (Id., págs. 74, 75). Por consiguiente, al encontrar en su estudio de la Biblia varios períodos cronológicos que, según su modo de entenderlos, se extendían hasta la segunda venida de Cristo, no pudo menos que considerarlos como los "tiempos señalados", que Dios había revelado a sus siervos. "Las cosas secretas -dice Moisés- pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre", y el Señor declara por el profeta Amós que "no hará nada sin que revele su secreto a sus siervos los profetas" (Deut. 29:29; Amós 3:7, VM). 

 Así que los que estudian la Palabra de Dios pueden confiar en que encontrarán indicado con claridad en las Escrituras el acontecimiento más estupendo que debe realizarse en la historia de la humanidad. "Estando completamente convencido -dice Miller- de que toda Escritura divinamente inspirada es útil (2 Tim. 3:16); que en ningún tiempo fue dada por voluntad humana, sino que fue escrita por hombres santos inspirados por el Espíritu Santo (2 Ped. 1: 21), y esto 'para nuestra enseñanza' 'para que por la paciencia, y por la consolación de las Escrituras tengamos esperanza' (Rom. 15:4), no pude menos que considerar la cronología de la Biblia tan pertinente a la Palabra de Dios y tan acreedora a que la tomáramos en cuenta como cualquiera otra parte de las Sagradas Escrituras. Pensé, por consiguiente, que al tratar de comprender lo que Dios, en su misericordia, había juzgado conveniente revelarnos, yo no tenía derecho a pasar por alto los períodos proféticos"
 (Id., pág. 75).


 La Profecía de Daniel 8:14
 La profecía que parecía revelar con mayor claridad el tiempo del segundo advenimiento, era la de Daniel 8:14: "Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el Santuario" (VM). Siguiendo la regla que se había impuesto, de dejar que las Sagradas Escrituras se interpretaran a sí mismas, Miller llegó a saber que un día en la profecía simbólica representa un año (Núm. 14:34; Eze. 4:6); vio que el período de los 2.300 días proféticos, o años literales, se extendía mucho más allá del fin de la era judaica, y que por consiguiente no podía referirse al santuario de aquella economía. 

 Miller aceptaba la creencia general de que durante la era cristiana la tierra es el santuario, y dedujo por consiguiente que la purificación del santuario predicha en Daniel 8: 14 representaba la purificación de la tierra por fuego en el segundo advenimiento de Cristo. Llegó, pues, a la conclusión de que si podía encontrar el punto de partida de los 2.300 días, sería fácil fijar el tiempo del segundo advenimiento. . . (Id., pág. 76.) Miller siguió escudriñando las profecías con más empeño y fervor que nunca, dedicando noches y días enteros al estudio de lo que resultaba entonces de tan inmensa importancia y absorbente interés. 

 En el capítulo octavo de Daniel no pudo encontrar una pauta para descubrir el punto de partida de los 2.300 días. Aunque se le mandó que hiciera entender la visión a Daniel, el ángel Gabriel sólo le dio a éste una explicación parcial. Cuando el profeta vio las terribles persecuciones que sobrevendrían a la iglesia, desfallecieron sus fuerzas físicas. No pudo soportar más, y el ángel lo dejó por algún tiempo. Daniel quedó "sin fuerzas", y estuvo "enfermo algunos días". "Estaba asombrado de la visión -dice-; mas no hubo quien la explicase". Y sin embargo Dios había ordenado a su mensajero: "Haz que éste entienda la visión". Esa orden debía ser ejecutada. En obediencia a ella, el ángel, poco tiempo después, volvió hacia Daniel, diciendo: "Ahora he salido para hacerte sabio de entendimiento"; "entiende pues la palabra, y alcanza inteligencia de la visión" (Dan. 8:27, 16; 9:22, 23, VM). 

 Había un punto importante en la visión del capítulo octavo, que no había sido explicado, a saber, el que se refería al tiempo: el período de los 2.300 días; por consiguiente el ángel, al reanudar su explicación, se espació en la cuestión del tiempo: "Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad. . . Sabe, pues y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, y no por sí . . . Y por otra semana confirmará el pacto a muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda" (Dan. 9:24-27). 

El ángel había sido enviado a Daniel con el objeto expreso de que le explicara el punto que no había logrado comprender en la visión del capítulo octavo, el dato relativo al tiempo: "Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario". Después de mandar a Daniel que "entienda" "la palabra" y que alcance inteligencia de "la visión", las primeras palabras del ángel son: "Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad". La palabra traducida aquí por "determinadas", significa literalmente "desglosadas". El ángel declara que setenta semanas, que representaban 490 años, debían ser desglosadas por corresponder especialmente a los judíos. 

 Pero, ¿de dónde fueron desglosadas? 
 Como los 2.300 días son el único período mencionado en el capítulo octavo, deben constituir el período del que fueron desglosadas las setenta semanas; éstas deben, por consiguiente, formar parte de los 2.300 días, y ambos períodos deben comenzar juntos. El ángel declaró que las setenta semanas datan del momento cuando salió el edicto para reedificar Jerusalén. Si se puede encontrar la fecha de aquel edicto, queda fijado el punto de partida del gran período de los 2.300 días. 

Ese decreto se encuentra en el capítulo séptimo de Esdras. (Vers. 12-26.) Fue promulgado en su forma más completa por Artajerjes, rey de Persia, en el año 457 AC. 

 Pero en Esdras 6: 14 se dice que la casa del Señor fue edificada en Jerusalén "por mandamiento de Ciro, de Darío, y de Artajerjes rey de Persia". Estos tres reyes, al promulgar el decreto, confirmarlo y completarlo, lo pusieron en la condición requerida por la profecía para que marcara el principio de los 2.300 años. Tomando el año 457 AC en el que se completó el decreto, como fecha de la orden, se comprobó que se había cumplido cada detalle de la profecía referente a las setenta semanas. "Desde la salida de la palabra para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas y sesenta y dos semanas" -es decir, sesenta y nueve semanas, o sea 483 años. 

 El decreto de Artajerjes fue puesto en vigencia en el otoño del año 457 AC. Si partimos de esa fecha, los 483 años alcanzan al otoño del año 27 DC.* Entonces se cumplió esta profecía. La palabra "Mesías" significa "el Ungido". En el otoño del año 27 DC, Jesús fue bautizado por Juan y recibió la unción del Espíritu Santo. El apóstol Pedro testifica que "a Jesús de Nazaret. . . Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hech. 10: 38, VM). Y el mismo Salvador declara: "El Espíritu del Señor está sobre mí; por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres". Después de su bautismo, Jesús volvió a Galilea, "predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: Se ha cumplido el tiempo" 
(Luc. 4:18; Mar. 1:14, 15, VM). 

"Y en otra semana confirmará el pacto a muchos". La semana de la cual se habla aquí es la última de las setenta. Son los siete últimos años del período concedido especialmente a los judíos. Durante ese plazo, que se extendió del año 27 al año 34 DC, Cristo, primero en persona y luego por intermedio de sus discípulos, presentó la invitación del Evangelio especialmente a los judíos. Cuando los apóstoles salieron para proclamar las buenas nuevas del reino, las  instrucciones del Salvador fueron: "Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis" (Mat. 10:5, 6). "A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda". 

 En el año 31 DC, tres años y medio después de su bautismo, nuestro Señor fue crucificado. Con el gran sacrificio ofrecido en el Calvario, terminó aquel sistema de ofrendas que durante cuatro mil años había prefigurado al Cordero de Dios. El símbolo se encontró con la realidad, y todos los sacrificios y oblaciones del sistema ceremonial debían cesar. Las setenta semanas ó 490 años concedidos a los judíos, terminaron, como lo vimos, en el año 34 DC. En dicha fecha, por decisión del Sanedrín judaico, la nación selló su rechazamiento del Evangelio con el martirio de Esteban y la persecución de los discípulos de Cristo. 

 Entonces el mensaje de salvación, al no estar más reservado exclusivamente para el pueblo elegido, fue dado al mundo. Los discípulos, obligados por la persecución a huir de Jerusalén, "andaban por todas partes, predicando la Palabra". "Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les proclamó el Cristo". Pedro, guiado por Dios, dio a conocer el Evangelio al centurión de Cesarea, el piadoso Cornelio; el ardiente Pablo, ganado a la fe de Cristo, fue comisionado para llevar las alegres nuevas "lejos. . . a los gentiles" (Hech. 8:4, 5; 22:21, VM). 

Hasta aquí cada uno de los detalles de las profecías se ha cumplido de una manera sorprendente, y el principio de las setenta semanas queda establecido irrefutablemente en el año 457 AC, y su fin en el año 34 DC. Partiendo de esta fecha no es difícil encontrar el término de los 2.300 días. Descontadas las setenta semanas -490 días- de los 2.300 días, quedan 1.810 días. Concluidos los 490 días, quedaban aún por cumplirse los 1.810 días. Si contamos desde el año 34 DC, los 1.810 años llegan al año 1844. Por consiguiente, los 2.300 días de Daniel 8:14 terminaron en 1844. Al fin de ese gran período profético, según el testimonio del ángel de Dios, "el santuario" debía ser "purificado". 

 De este modo la fecha de la purificación del santuario -la cual se creía casi universalmente que se verificaría en ocasión del segundo advenimiento de Cristo- quedó definitivamente establecida. 

Miller y sus colaboradores creyeron primero que los 2.300 días terminarían en la primavera de 1844, mientras que la profecía señala el otoño de ese mismo año. La mala interpretación de este punto fue causa de desengaño y perplejidad para los que habían fijado para la primavera de dicho año el momento de la venida del Señor. Pero no afectó en lo más mínimo la fuerza de la argumentación que demuestra que los 2.300 días terminaron en 1844 y que el gran acontecimiento representado por la purificación del santuario debía verificarse entonces. 

El Deber de Comunicarlo a Otros 
Al empezar a estudiar las Sagradas Escrituras como lo hizo, para probar que son una revelación de Dios, Miller no tenía la menor idea de que llegaría a la conclusión a que había arribado . . . Pero las pruebas de la Santa Escritura eran demasiado evidentes y concluyentes para rechazarlas. Había dedicado dos años al estudio de la Biblia, cuando, en 1818, llegó a tener la solemne convicción de que unos 25 años después aparecería Cristo para redimir a su pueblo. "No necesito hablar -dice Miller- del gozo que llenó mi corazón ante tan bella perspectiva, ni de los ardientes anhelos de mi alma de participar del júbilo de los redimidos. 

 La Biblia fue para mí entonces un libro nuevo. Era esto en verdad una fiesta de la razón; todo lo que para mí había sido sombrío, místico u oscuro en sus enseñanzas, había desaparecido de mi mente ante la clara luz que brotaba de sus sagradas páginas; y ¡Oh! ¡Cuán brillante y gloriosa aparecía la verdad! Todas las contradicciones y disonancias que había encontrado antes en la Palabra desaparecieron; y si bien quedaban muchas partes que no comprendía del todo, era tanta la luz que de las Escrituras manaba para alumbrar mi inteligencia oscurecida, que al estudiarlas sentía un deleite que nunca antes me hubiera figurado que podría sacar de sus enseñanzas' " 
(Id., págs. 76, 77). 

"Solemnemente convencido de que las Santas Escrituras anunciaban el cumplimiento de tan importantes acontecimientos a tan corto plazo, surgió con fuerza en mi alma la cuestión de saber cuál era mi deber hacia el mundo, en vista de la evidencia que había conmovido mi propio espíritu" (Id., pág. 18). No pudo menos que sentir que era su deber impartir a otros la luz que había recibido. Esperaba encontrar oposición de parte de los incrédulos, pero estaba seguro de que todos los cristianos se alegrarían en la esperanza de ir al encuentro del Salvador a quien profesaban amar.

 Lo único que temía era que en su gran júbilo por la perspectiva de la gloriosa liberación que debía cumplirse tan pronto, muchos recibiesen la doctrina sin examinar detenidamente las Santas Escrituras para ver si era la verdad. De aquí que vacilara en presentarlas, por temor de estar errado y de hacer descarriar a otros. Esto lo indujo a revisar las pruebas que apoyaban las conclusiones a que había llegado, y a considerar cuidadosamente cualquier dificultad que se presentara a su espíritu. Descubrió que las objeciones se desvanecían ante la luz de la Palabra de Dios como la neblina ante los rayos del sol. 

 Los cinco años que dedicó a esos estudios lo dejaron enteramente convencido de que su manera de ver era correcta. El deber de hacer conocer a otros lo que él creía estar tan claramente enseñado en las Sagradas Escrituras, se le impuso entonces con nueva fuerza . . . Empezó a presentar sus ideas en forma privada siempre que se le ofrecía la oportunidad, rogando a Dios que algún ministro sintiera la fuerza de ellas y se dedicara a proclamarlas. Pero no podía librarse de la convicción de que tenía un deber personal que cumplir dando el aviso. De continuo se presentaban a su espíritu las siguientes palabras: "Anda y anúncialo al mundo; su sangre demandaré de tu mano". Esperó nueve años; y ese peso continuaba gravitando sobre su alma, hasta que en 1831 expuso por primera vez en público las razones de la fe que tenía. 

Comienza Un Despertar Religioso 
Al pedido de sus hermanos, en cuyas palabras creyó oír el llamamiento de Dios, se debió que Miller consintiera en presentar sus opiniones en público. Tenía ya cincuenta años, y como no estaba acostumbrado a hablar en público, se consideraba incapaz de hacer la obra que de él se esperaba. Pero desde el principio sus labores fueron notablemente bendecidas para la salvación de las almas. Su primera conferencia fue seguida de un reavivamiento religioso, durante el cual treinta familias enteras, menos dos personas, se convirtieron. Se lo instó inmediatamente a que hablara en otros lugares, y casi en todas partes su obra tuvo como resultado un avivamiento de la obra del Señor. 

 Los pecadores se convertían; los cristianos renovaban su consagración a Dios; y los deístas e incrédulos se sentían inducidos a reconocer la verdad de la Biblia y de la religión cristiana. El testimonio de aquellos entre quienes trabajó fue éste: "Consigue ejercer influencia en una clase de espíritus a la que no afecta la influencia de otros hombres" (Id., pág. 138). Su predicación despertaba interés en los grandes asuntos de la religión y contrarrestaba la mundanalidad y la sensualidad crecientes de la época. 

En casi todas las ciudades se convertían los oyentes por docenas y hasta por centenares. En muchas poblaciones se le abrían de par en par las iglesias protestantes de casi todas las denominaciones, y las invitaciones para trabajar en ellas provenían generalmente de los mismos ministros de diversas congregaciones. Tenía por regla invariable no trabajar donde no hubiera sido invitado. Sin embargo, pronto vio que le era imposible atender siquiera la mitad de las invitaciones que se le hacían.

 Evidencias de La Bendición Divina 
Muchos que no aceptaban su modo de ver en cuanto a la fecha exacta del segundo advenimiento, estaban convencidos de la seguridad y la proximidad de la venida de Cristo, y de que necesitaban prepararse para ella. En algunas de las grandes ciudades sus labores hicieron extraordinaria impresión. Hubo taberneros que abandonaron su negocio y convirtieron sus establecimientos en salas de culto; los garitos eran abandonados; los incrédulos, deístas, universalistas y hasta libertinos de los más perdidos -algunos de los cuales no habían entrado en ningún lugar de culto desde hacía años- se convirtieron. 

 Las diversas denominaciones organizaron reuniones de oración en diferentes barrios, y a casi cualquier hora del día los hombres de negocios se reunían para orar y cantar alabanzas. No se manifestaba una excitación extravagante, sino un sentimiento de solemnidad que dominaba a casi todos. La obra de Miller, como la de los primeros reformadores, tendía más a convencer el entendimiento y a despertar la conciencia que a excitar las emociones. 

En 1833 Miller recibió de la Iglesia Bautista, de la cual era miembro, una licencia que lo autorizaba a predicar. Además, un buen número de miembros de su denominación aprobaban su obra, y le dieron su sanción formal mientras proseguía sus labores. Viajaba y predicaba sin descanso, si bien sus tareas personales se limitaban principalmente a los estados del este y el centro de los Estados Unidos. Durante varios años sufragó él mismo todos sus gastos, y ni aun más tarde se le costearon nunca por completo los gastos de viaje a los lugares adonde se lo llamaba. De modo que, lejos de reportarle provecho pecuniario, sus labores públicas constituían un pesado gravamen para su fortuna particular, que fue menguando durante este período de su vida. Era padre de una numerosa familia, pero como todos los miembros de ella eran frugales y diligentes, el campo que poseía bastaba para el sustento de todos. 

La Última de Las Señales 
En 1833, dos años después de haber principiado Miller a presentar en público las pruebas de la próxima venida de Cristo, apareció la última de las señales que habían sido anunciadas por el Salvador como precursoras de su segundo advenimiento. Jesús había dicho: "Las estrellas caerán del cielo" (Mat. 24:29). Y Juan, al recibir la visión de las escenas que anunciarían el día de Dios, declara en el Apocalipsis: "Las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento" (Apoc. 6:13). 

 Esta profecía se cumplió de modo sorprendente y pasmoso con la gran lluvia de meteoritos del 13 de noviembre de 1833. Fue éste el más extendido y admirable espectáculo de estrellas fugaces que se haya registrado, pues, "sobre todos los Estados Unidos el firmamento entero estuvo entonces, durante horas seguidas, en conmoción ígnea. No ha ocurrido jamás en este país, desde el tiempo de los primeros colonos, un fenómeno celeste que despertara tan grande admiración entre unos, ni tanto terror y alarma entre otros". "Su sublimidad y terrible belleza quedan aún grabadas en el recuerdo de muchos . . . jamás cayó lluvia más abundante que ésa, cuando cayeron los meteoros hacia la tierra; al este, al oeste, al norte y al sur era lo mismo. En una palabra, todo el ciclo parecía en conmoción ... El espectáculo, tal como está descripto en el diario del profesor Silliman, fue visto en toda la América del Norte . . . Desde las dos de la madrugada hasta la plena claridad del día, en un firmamento perfectamente sereno y sin nubes, todo el cielo estuvo constantemente surcado por una lluvia incesante de cuerpos que brillaban de modo deslumbrador" (R. M. Devens, American Progress; o The Great Events of the Greatest Century, cap. 28, párr. 1-5). 

En el Journal of Commerce de Nueva York, del 14 de noviembre de ese año, se publicó un largo artículo referente a este maravilloso fenómeno, y en él se leía la siguiente declaración: "Supongo que ningún filósofo ni erudito ha referido o registrado jamás un suceso como el de ayer por la mañana. Hace mil ochocientos años un profeta lo predijo con toda exactitud, si entendemos que las estrellas que cayeron eran estrellas errantes o fugaces . . . que es el único sentido verdadero y literal". Así se cumplió la última de las señales de su venida acerca de las cuales Jesús había dicho a sus discípulos: "Cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas" (Mat. 24: 33). Después de estas señales, Juan vio que el gran acontecimiento que debía seguir consistía en que el cielo desaparecería como un pergamino que se enrolla, mientras la tierra fuera sacudida, las montañas y las islas fueran movidas de sus lugares, y los impíos, aterrorizados, tratarán de esconderse de la presencia del Hijo del Hombre. (Apoc. 6: 12-17.) Muchos de los que presenciaron la caída de las estrellas la consideraron como un anuncio del juicio venidero: "Como un símbolo terrible, seguro precursor, señal misericordioso, de aquel día grande y terrible" (The Old Countryman, Portland, 26 de noviembre de 1833). 

 Así se dirigió la atención de la gente al cumplimiento de la profecía, 
y muchos fueron inducidos a hacer caso del anuncio del segundo advenimiento. 


La Biblia y Solamente La Biblia 
Guillermo Miller poseía grandes dotes intelectuales, disciplinadas por la reflexión y el estudio; y a ellas añadió la sabiduría del cielo al ponerse en relación con la Fuente de la sabiduría. Era un hombre de verdadero valor, que no podía menos que imponer respeto y granjearse el aprecio dondequiera se estimaran la integridad, el carácter y el valor moral. Al unir una verdadera bondad de corazón con la humildad cristiana y el dominio de sí mismo, era atento y afable con todos, y estaba siempre listo para escuchar las opiniones de los demás y pesar sus argumentos. Sin apasionamiento ni agitación examinaba todas las teorías y doctrinas a la luz de la Palabra de Dios; y su sano juicio y profundo conocimiento de las Santas Escrituras le permitían descubrir y refutar el error. Sin embargo, no prosiguió su obra sin encontrar violenta oposición.

 Como les sucedió a los primeros reformadores, las verdades que proclamaba no fueron recibidas favorablemente por los maestros religiosos. Como éstos no podían sostener sus posiciones apoyándose en las Santas Escrituras, se vieron obligados a recurrir a los dichos y doctrinas de los hombres, a las tradiciones de los padres. Pero la Palabra de Dios era el único testimonio que aceptaban los predicadores de la verdad del segundo advenimiento. "La Biblia, y solamente la Biblia", era su consigna. La falta de argumentos bíblicos de parte de sus adversarios era suplida por el ridículo y la burla. Se empleó tiempo, medios y talentos para difamar a aquellos cuyo único crimen consistía en esperar con gozo el regreso de su Señor, en esforzarse por vivir santamente, y en exhortar a los demás a que se prepararan para su aparición . . . 

El instigador de todo mal no trató únicamente de contrarrestar los efectos del mensaje del advenimiento, sino de destruir al mismo mensajero. Miller aplicaba con sentido práctico la verdad bíblica a los corazones de sus oyentes, reprobaba sus pecados y turbaba el sentimiento de satisfacción de sí mismos, y sus palabras claras y contundentes despertaron la animosidad de ellos. La oposición que manifestaron los miembros de las iglesias contra su mensaje alentó a las clases bajas a ir aún más allá; y hubo enemigos que conspiraron para quitarle la vida al salir del local de reunión. Pero hubo ángeles guardianes entre la multitud, y uno de ellos, bajo la forma de un hombre, tomó el brazo del siervo de Dios, y lo puso a salvo del populacho enfurecido. Su obra no estaba aún terminada, y Satanás y sus emisarios se vieron frustrados en sus planes. 

A pesar de tanta oposición, el interés en el movimiento adventista siguió en aumento. De decenas y centenas, el número de los creyentes alcanzó a miles. Las diferentes iglesias se habían acrecentado notablemente, pero al poco tiempo la oposición se manifestó hasta contra los conversos ganados por Miller, y las iglesias empezaron a tomar medidas disciplinarias contra ellos. Esto indujo a Miller a instar a los cristianos de todas las denominaciones a que, si sus doctrinas eran falsas, se lo probaran con las Escrituras. "¿Qué hemos creído -decía él- que no nos haya sido ordenado creer por la Palabra de Dios, que vosotros mismos reconocéis como regla única de nuestra fe y de nuestra conducta? ¿Qué hemos hecho para que se nos arrojen tan virulentos cargos y diatribas desde el púlpito y la prensa, y para daros motivo para excluirnos a nosotros [los adventistas] de nuestras iglesias y de vuestra comunión?" "Si estamos equivocados, os ruego nos enseñéis en qué consiste nuestro error. 

 Probadnos por la Palabra de Dios; harto se nos ha ridiculizado, pero no será eso lo que pueda jamás convencernos de que estamos en el error; solamente la Palabra de Dios puede cambiar nuestro modo de ver. Llegamos a nuestras conclusiones después de madura reflexión y de mucha oración, a medida que veíamos las evidencias en las Escrituras" (Id., págs. 250, 252). 

Reacciones Diferentes 
¿Por qué la doctrina y la predicación de la segunda venida de Cristo fueron tan mal recibidas por las iglesias? 
 Si bien el advenimiento del Señor significa desgracia y desolación para los impíos, para los justos es motivo de dicha y esperanza. Esta gran verdad que había sido consuelo de los fieles siervos de Dios a través de los siglos, ¿por qué se convirtió, como su Autor, en "piedra de tropiezo, y roca de caída" para los que profesaban ser su pueblo? Fue nuestro Señor mismo quien prometió a sus discípulos: "Si yo fuere y os preparara lugar, vendré otra vez, y os tomaré conmigo" (Juan 14: 3, VM). 

 El compasivo Salvador fue quien, previendo el abandono y el dolor de sus discípulos, encargó a los ángeles que los consolaran con la seguridad de que volvería en persona, como había ascendido al cielo. Mientras los discípulos estaban mirando con ansia el cielo para captar la última visión de Aquel a quien amaban, estas palabras atrajeron su atención: "Varones galileos, ¿por qué os quedáis mirando así al cielo? Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al Cielo, así vendrá del mismo modo que le habéis visto ir al cielo" (Hech. 1: 11, VM). 

 El mensaje de los ángeles reavivó la esperanza de los discípulos. "Volvieron a Jerusalén con gran gozo; y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios" (Luc. 24: 52, 53). No se alegraban de que Jesús se hubiera separado de ellos ni de que hubiesen quedado aquí para luchar con las pruebas y tentaciones del mundo, sino porque los ángeles les habían asegurado que él volvería. La proclamación de la venida de Cristo debería ser ahora, tal como fue cuando la hicieron los ángeles a los pastores de Belén, una buena nueva de gran gozo. 

 Los que aman verdaderamente al Salvador no pueden menos que recibir con aclamaciones de alegría el anuncio fundado en la Palabra de Dios de que Aquel en quien se concentran sus esperanzas para la vida eterna volverá, no para ser insultado, despreciado y rechazado como en su primer advenimiento, sino con poder y gloria, para redimir a su pueblo. Son los que no aman al Salvador quienes desean que no regrese; y no puede haber prueba más concluyente de que las iglesias se han apartado de Dios, que la irritación y la animosidad despertadas por este mensaje celestial. Los que aceptaron la doctrina del advenimiento sintieron la necesidad de arrepentirse y humillarse ante Dios. Muchos habían estado vacilando bastante tiempo entre Cristo y el mundo; entonces comprendieron que era tiempo de decidirse. "Las cosas eternas asumieron para ellos extraordinaria realidad. Acercóseles el cielo y se sintieron culpables ante Dios" (Id., pág. 146). 

 Nueva vida espiritual se despertó en los creyentes. El mensaje les hizo sentir que el tiempo era corto, que debían hacer prestamente cuanto debían hacer por sus semejantes. La tierra retrocedía, la eternidad parecía abrirse ante ellos, y el alma, con todo lo concerniente a su dicha o infortunio eternos, eclipsaba por así decirlo todo objeto temporal. El Espíritu de Dios descansaba sobre ellos, y daba fuerza a los llamamientos ardientes que dirigían tanto a sus hermanos como a los pecadores a fin de que se prepararan para el día de Dios. El testimonio mudo de su conducta diaria equivalía a una censura constante para los miembros formalistas y no santificados de las iglesias. Estos no querían que se los molestara en su búsqueda de placeres, ni en su culto a Mamón ni en su ambición de honores mundanos. De ahí la enemistad y la oposición despertadas contra la fe adventista y los que la proclamaban. 

Se Desalienta La Investigación 
Como los argumentos basados en los períodos proféticos resultaban irrefutables, los adversarios trataron de anticiparse a la investigación de este asunto enseñando que las profecías estaban selladas . . . Los ministros y el pueblo declararon que las profecías de Daniel y Apocalipsis eran misterios incomprensibles. Pero Cristo había llamado la atención de sus discípulos a las palabras del profeta Daniel relativas a los acontecimientos que debían desarrollarse en tiempo de ellos, y les había dicho: "El que lee, entienda" (Mat. 24: 15). Y la aseveración de que el Apocalipsis es un misterio que no se puede comprender es rebatida por el título mismo del libro: "Revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto . . . Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca"(Apoc. 1: 1-3) . . . 

Ante semejante testimonio de la Inspiración, ¿cómo se atreven los hombres a enseñar que el Apocalipsis es un misterio fuera del alcance de la inteligencia humana? Es un misterio revelado, un libro abierto. El estudio del Apocalipsis nos lleva a las profecías de Daniel, y ambos libros contienen enseñanzas de suma importancia, dadas por Dios a los hombres, acerca de los acontecimientos que han de desarrollarse al fin de la historia de este mundo. Ante Juan se abrieron escenas relativas a la experiencia de la iglesia que eran de interés profundo y conmovedor. Vio las circunstancias, los peligros, las luchas y la liberación final del pueblo de Dios.

 Consigna los mensajes finales que han de hacer madurar la mies de la tierra, ya sea en gavillas para el granero celestial, o en manojos para los fuegos de la destrucción. Le fueron revelados asuntos de suma importancia, especialmente para la última iglesia, con el objeto de que los que se volvieran del error a la verdad pudiesen ser instruidos con respecto a los peligros y luchas que les esperaban.

 Nadie necesita estar a oscuras en lo que concierne a lo que ha de acontecer en la tierra. ¿Por qué existe, pues, esta ignorancia general acerca de tan importante porción de las Escrituras? ¿Por qué es tan universal la falta de voluntad para investigar sus enseñanzas? Es el resultado de un esfuerzo del príncipe de las tinieblas para ocultar a los hombres lo que descubre sus engaños. Por eso Cristo, el Revelador, al prever la guerra que se haría al estudio del Apocalipsis, pronunció una bendición sobre cuantos leyeran, oyesen y guardasen las palabras de la profecía. 
(El Gran Conflicto, págs. 363-390).

 PREGUNTAS PARA MEDITAR 
1. ¿Qué clase de hombre era Guillermo Miller? 
2. ¿Qué método de estudio usó Miller en su investigación de la Biblia? 
3. ¿A qué resultados negativos había conducido la doctrina de la conversión del mundo? 
4. ¿En qué sentido el texto de Daniel 8: 14 llegó a ser particularmente significativo? 
5. Miller vinculó la purificación del santuario con la segunda venida de Cristo. ¿Qué creencia generalizada de aquel entonces lo condujo a esa conclusión equivocada? 
6. ¿Cuándo y cómo llegó Jesús a ser el "Ungido"? ¿Cómo y cuándo cesaron "el sacrificio y la ofrenda"? 
7. ¿Cuán significativos fueron estos eventos en la profecía de los 2.300 días de Daniel 8: 14? 
 8. Miller pasó siete años estudiando fervientemente la Biblia. ¿Cuántos fueron dedicados a una investigación inicial, y cuántos a una cuidadosa revisión? 
9. ¿Por qué razones Miller vaciló en cuanto a comenzar a predicar
10. ¿En qué sentido la predicación de Miller fue similar a la de los primeros reformadores? 
11. ¿Por qué la predicación de Miller, al igual que la de los reformadores, suscitó la oposición de los "maestros religiosos del pueblo"? ¿Con qué sustituyeron éstos su falta de argumentos bíblicos? 
12. ¿Por qué la predicación en cuanto a la segunda venida de Cristo fue tan mal recibida en las iglesias? ¿De qué manera afectó esa misma predicación a los que la aceptaron?  
13. ¿Contra qué están protegidos los que leen, escuchan y guardan las palabras de la profecía de Apocalipsis? 
 (Cristo En Su Santuario Por Elena G. De White)

04. EL EVANGELIO EN LOS SÍMBOLOS Y LA REALIDAD. (EL SANTUARIO).


Salomón ejecutó sabiamente el plan de erigir un templo para el Señor, como David lo había deseado durante mucho tiempo. Durante siete años Jerusalén se vio llena de obreros activamente ocupados en nivelar el sitio escogido, construir grandes paredes de retención, echar amplios cimientos de "grandes piedras, piedras costosas. . . y piedras labradas" (1 Rey. 5: 17), dar forma a las pesadas maderas traídas de los bosques del Líbano y erigir el magnífico santuario. Simultáneamente con la preparación de la madera y de las piedras a la cual muchos millares dedicaban sus energías, progresaba constantemente la elaboración de los muebles para el templo, bajo la dirección de Hiram de Tiro, "un hombre hábil y entendido. . . el cual" sabía "trabajar en oro, plata, bronce y hierro, en piedra y en madera, en púrpura y en azul, en lino y en carmesí" (2 Crón. 2: 13, 14).

 EN TODO DE ACUERDO CON EL MODELO 
Mientras el edificio se iba levantando silenciosamente en el monte Moria con "piedras que traían ya acabadas, de tal manera que cuando la edificaban, ni martillos ni hachas se oyeron en la casa, ni ningún otro instrumento de hierro" (1 Rey. 6: 7), los hermosos adornos se ejecutaban de acuerdo con los modelos confiados por David a su hijo, "todos los utensilios para la casa de Dios" (2 Crón. 4: 19). Estas cosas incluían el altar del incienso, la mesa para los panes de la proposición, el candelero y sus lámparas, así como los vasos e instrumentos relacionados con el ministerio de los sacerdotes en el lugar santo, todo "de oro, de oro finísimo" (vers. 21). Los enseres de bronce: el altar de los holocaustos, la gran cuba sostenida por doce bueyes, las fuentes de menor tamaño, los muchos otros vasos, "los fundió el rey en los llanos del Jordán, en tierra arcillosa, entre Sucot y Seredata" 
(2 Crón. 4: 17). Esos enseres fueron provistos en abundancia para que no se careciese de ellos. 

UN TEMPLO DE ESPLENDOR INIGUALADO 
De una belleza insuperable y esplendor sin rival era el palacio que Salomón y quienes le ayudaban erigieron para Dios y su culto. Adornado de piedras preciosas, rodeado por atrios espaciosos y recintos magníficos, forrado de cedro esculpido y de oro bruñido, el templo, con sus cortinas bordadas y muebles preciosos, era un emblema adecuado de la iglesia viva de Dios en la tierra, que a través de los siglos ha estado formándose de acuerdo con el modelo divino, con materiales comparados al "oro, plata, piedras preciosas", "labradas como las de un palacio" 
(1 Cor. 3: 12; Sal. 144: 12).

 Así fue construido el más espléndido santuario, de acuerdo con el modelo que se le mostró a Moisés en el monte, y presentado luego por el Señor a David. Además de los querubines que estaban en la cubierta del arca, Salomón hizo otros dos ángeles de mayor tamaño, situados a ambos extremos del arca, que representaban a los ángeles celestiales que guardan la ley de Dios. Es imposible describir la belleza y el esplendor de ese santuario. Dentro de este lugar, con solemne reverencia, fue transportada el arca por los sacerdotes, y se la colocó en su lugar, debajo de las alas de los dos imponentes querubines que estaban de pie en el suelo. 

DIOS MANIFIESTA SU ACEPTACIÓN
El coro sagrado elevó sus voces en alabanza a Dios, y la melodía de sus cantos fue acompañada por toda clase de instrumentos musicales. Y mientras en los atrios del templo resonaba la alabanza, la nube de la gloria de Dios tomó posesión de la casa, como anteriormente había llenado el tabernáculo del desierto. "Y cuando los sacerdotes salieron del santuario, la nube llenó la casa de Jehová. Y los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová" (1 Rey. 8: 10, 11).

 Así como el santuario terrenal edificado por Moisés de acuerdo con el modelo que se le mostró en el monte, el templo de Salomón, con todos sus servicios, era un "símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios", sus dos compartimientos sagrados eran "figura y sombra de las cosas celestiales"; Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, es un "ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre" 
(Heb. 8: 2).

 Todo el sistema de los tipos y símbolos era una profecía resumida del Evangelio, un medio por el cual se presentaban las promesas de la redención.*

 SE PERDIÓ DE VISTA LA REALIDAD 
El Señor Jesús era el fundamento de todo el sistema judaico. Su imponente ritual era divinamente ordenado. El propósito de él era enseñar a la gente que en el tiempo prefijado vendría Aquel a quien señalaban esas ceremonias.* 

Al apartarse de Dios, los judíos perdieron de vista mucho de lo que enseñaba el ritual. Este ritual había sido instituido por Cristo mismo. En todos sus aspectos, era un símbolo de él; y había estado lleno de vitalidad y hermosura espiritual. Pero los judíos perdieron la vida espiritual de sus ceremonias, y se aferraron a las formas muertas. Confiaban en los sacrificios y los ritos mismos, en vez de confiar en Aquel a quien éstos señalaban. A fin de reemplazar lo que habían perdido, los sacerdotes y rabinos multiplicaron los requerimientos de su invención; y cuanto más rígidos se volvían, tanto menos del amor de Dios manifestaban.* 

EL SERVICIO DEL TEMPLO PERDIÓ SU SIGNIFICADO
 Cristo era el fundamento y la vida del templo. Sus servicios eran típicos del sacrificio del Hijo de Dios. El sacerdocio había sido establecido para representar el carácter y la obra mediadora de Cristo. Todo el plan del culto de los sacrificios era una predicción de la muerte del Salvador para redimir al mundo. 

No habría eficacia en estas ofrendas cuando el gran suceso al cual señalaran durante siglos fuese consumado. Puesto que toda la economía ritual simbolizaba a Cristo, no tenía valor sin él. Cuando los judíos sellaron su decisión de rechazar a Cristo entregándolo a la muerte, rechazaron todo lo que daba significado al templo y sus ceremonias. Su carácter sagrado desapareció. Quedó condenado a la destrucción. 

 Desde ese día los sacrificios rituales y las ceremonias relacionadas con ellos dejaron de tener significado. Como la ofrenda de Caín, no expresaban fe en el Salvador. Al dar muerte a Cristo los judíos destruyeron virtualmente su templo. Cuando Cristo fue crucificado, el velo interior del templo se rasgó en dos desde arriba hacia abajo, indicando que el gran sacrificio final había sido hecho, y que el sistema de los sacrificios rituales había terminado para siempre. 

"EN TRES DÍAS LO LEVANTARÉ"
 A la muerte del Salvador, potencias de las tinieblas parecieron prevalecer, y se regocijaron por su victoria. Pero del sepulcro abierto de José, Jesús salió vencedor. "Despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz" (Col. 2: 15). En virtud de su muerte y resurrección, pasó a ser "ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre" (Heb. 8: 2). Los hombres habían construido el tabernáculo, y luego el templo de los judíos; pero el santuario celestial, del cual el terrenal era una figura, no fue construido por arquitecto humano. "He aquí el varón cuyo nombre es el Renuevo, el cual brotará de sus raíces y edificará el templo de Jehová. El edificará el templo de Jehová y él llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono, y habrá sacerdote a su lado" 
(Zac. 6: 12, 13). 

 LOS OJOS SE VUELVEN HACIA EL VERDADERO SACRIFICIO 
El ceremonial de los sacrificios que había señalado a Cristo pasó; pero los ojos de los hombres fueron dirigidos al verdadero sacrificio por los pecados del mundo. Cesó el sacerdocio terrenal, pero miramos a Jesús, mediador del nuevo pacto, y "a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel". 

 "Aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie. . . . Pero estando ya presente Cristo, sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, . . .por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo habiendo obtenido eterna redención" (Heb. 12: 24; 9: 8-12). "Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos" (Heb. 7: 25).

 Aunque el ministerio se trasladaría del templo terrenal al celestial, aunque el santuario y nuestro gran Sumo Sacerdote fueran invisibles para los ojos humanos, los discípulos no habían de sufrir pérdida por ello. No sufrirían interrupción en su comunión, ni disminución de poder por causa de la ausencia del Salvador. Mientras Jesús ministra en el santuario celestial, es siempre por medio de su Espíritu el ministro de la iglesia en la tierra.* 

NUESTRO SUMO SACERDOTE Y ABOGADO 
"Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado"
 (Heb. 9: 24-26). 

 "Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios" (Heb. 10: 12). Cristo entró una sola vez en el lugar santo para obtener por nosotros eterna redención. "Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos" (Heb. 7: 25). 

 Se calificó a sí mismo para ser no solamente representante del hombre, sino también su abogado, de modo que toda alma, si así lo desea, pueda decir: "Tengo un Amigo en las cortes celestiales, un Sumo Sacerdote que se compadece de mis flaquezas". * 

El santuario que está en el cielo es el mismo centro de la obra de Cristo en favor del hombre. Concierne a toda alma viviente sobre la tierra. Abre ante la vista el plan de redención, proyectándonos hasta el mismo fin del tiempo, y revelando el resultado triunfal del conflicto entre la justicia y el pecado.

 Es de la mayor importancia que todos investiguen cuidadosamente estos temas, y estén capacitados para dar respuesta a todos los que demanden razón de la esperanza que hay en ellos. 

PREGUNTAS PARA MEDITAR 
1. ¿De qué manera singular fue construido el templo de Salomón? 
2. ¿En qué sentido era un emblema el templo? 
3. ¿De qué manera mostró Dios su aprobación por el templo cuando éste fue terminado? 
4. ¿Quién era el fundamento de todo el sistema judaico? 
 5. Cuando los judíos despojaron de vida espiritual sus ceremonias, ¿qué hicieron?
 6. ¿Cuándo y cómo perdió el templo su significado y su santidad.
7. ¿A quién fueron dirigidos entonces los ojos de los hombres como un ministerio significativo para su salvación? 
 8. Jesús es a la vez el representante y el abogado del hombre, ¿cuál es la diferencia entre estas dos funciones?
(Cristo En Su Santuario Por Elena G. De White)